1 jun. 2012

Dulces sueños.


Te acuestas en tu cama como un día normal. Estas cansada y solo piensas en dormir. Te pones el despertador a la misma hora de siempre para el siguiente día irte a trabajar. Dejas los zapatos tirados por el suelo y tu ropa mal doblada y arrugada por tu escritorio.

Y se te cierran los ojos...

Dos horas y media durmiendo y...

luego te das cuenta de que estás sola. Estás tumbada en una cama grande, en una habitación enorme y hermosa con un montón de decorados y muebles chulísimos (tu habitación).
Por tu ventana asoma el sol, que se puede divisar tras las cortinas entreabiertas.
Es un día normal.

De repente tocan la puerta, como cada mañana. Es una mujer con un delantar blanco y un vestido negro: la sirvienta
En sus manos trae una bandeja con un vaso de zumo, unas galletas y una servilleta. Y se dispone a dejartela en tu mesita para que desayunes a gusto.

Miras a tu alrededor y ves que él no está. Te asustas, te pones la bata que tiene tatuado tu nombre y te vas corriendo hacia la puerta. Y en cuanto la abres, ves que él está justo en frente. Él te sonríe, te da un beso y te dice:
-Buenos días mi princesa.

Y tú, aliviada le das un abrazo fuerte fuerte mientras él saca algo de su bolsillo. Era un anillo.
El anillo que simbolizará en unos días que serían marido y mujer.

Ese mismo día, él le propuso pasar el día fuera de casa.
Se fueron a un picnic, allí arriba, en las montañas. Comieron allí, sobre el cesped, en un mantel a cuadros rojos y blancos como en las películas.
Luego, él alquiló un caballo para llevarla a un sitio estupendo.
Le tapó los ojos con un pañuelo y la llevó a la montaña más alta de aquel pueblo. Ya era de noche cuando se la llevó.
Y una vez allí:
-¿Estás preparada?
+Si

Él le quitó el pañuelo de los ojos lentamente.

+Gracias.
-¿Gracias por qué?
+Gracias por todo. Gracias por estar aqui ahora mismo. Y gracias por quererlo estar el resto de tus días.

Aquello era perfecto. Se veían todas las luces de todas las casas de su pueblo. Todos los coches circulando por sus calles y pitando como locos. Mientras ellos, lo contemplaban todo abrazados.

Llegó el día de la boda, y tras mucho que hacer, comprar, y preparar, el novio la esperaba en el altar, ilusionado, con su traje negro y su pelo bien peinado.
Y allí estaba ella, andando por el pasillo hasta llegar al altar donde se encontraba el novio.
La misa fue larga, pero llegó el momento:

-¿Prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?
....
....

Pero de repente...
RIN, RIN. (hora de trabajar).

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